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`Luzmila`, el relato que da titulo al libro, es el preferido por Alvaro Pombo. Constituye la primera formulacion de un viejo asunto: la bondad de una persona. Luzmila, la protagonista, es un personaje de muy pobre desarrollo intelectual, dotado de una bondad real y profunda, pero todavia demasiado elemental.En `Tio Eduardo` el autor refleja el Santander de su ninez, expresa su fascinacion por un mundo elegante y su preocupacion, entonces, de moralista.Este relato expresa una cierta `justicia poetica`: al final de su vida, tio Eduardo es tratado de un modo semejante a como el, sin darse cuenta, trato a su propia esposa.En `Perfume de nostalgia (Un relato corto)`, escrito por Pombo en Londres cuando trabajaba de telefonista, el autor nos presenta una acuarela de su colegio de Valladolid, tomando de su recuerdo tan solo el delicioso ambiente decimononico del mismo, donde curso sus tres ultimos anos de bachillerato. Todo lo demas es inventado, en funcion de la idea unificadora del libro, es decir, la sensacion, la emocion imprecisa pero constante que Pombo confiesa tener cuando escribio estos relatos: la vida humana era para el una configuracion de elementos inconexos, un proceso melancolico de ilusion.La tesis de `El cambio` resulta para el autor inmersa en una nebulosa cuyos detalles, segun el reconoce, estan bien estructurados, pero cuyo fondo no puede -o no quiere- recordar.
Luzmila - читать книгу онлайн бесплатно, автор Pombo Alvaro (ES)
– Que digo, don Gerardo, que qué le parece a usted de hoy en día, porque, vamos, hace falta verlo para creerlo lo que se ve hoy en día…
Don Gerardo en este punto y en esta mañana particular se permite -quizá por primera vez en su vida- contradecir a la Matilde, o por lo menos hacer un jueguecillo inocente de palabras.
– Hará falta también creerlo para verlo, Matilde, ¿no le parece a usted?
Cosa que a la Matilde suena, por no se sabe qué motivo -quizá porque la frase lejanísimamente suena a desafío-, a cosa herética, a cura ateo o comunista o marica.
El caso es que la Matilde se queda por un instante sin saber qué decir. Emoción, a lo mejor, de la contradicción y el combate la entrompan la garganta.
– ¿Ah, sí? -dice por fin-. Pues yo no estoy de acuerdo.
Don Gerardo retrocede inmediatamente. ¿Hace bien o hace mal? ¿Hay que dar la batalla siempre o sólo a veces? ¿Cómo hay que darla y cuánto dura -cuánto tiempo tiene que durar- ese gesto terrible, humano y sobrehumano, de la suerte o a muerte? Don Gerardo no lo sabe, esa es la verdad. Pero pocos lo saben, así es que no hay por qué reprocharle el que no lo sepa. Don Gerardo dice una cosa cualquiera y se retira. Al día siguiente es domingo. Y la misa está llena. Don Gerardo predica un sermoncillo sobre la caridad. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» es el tema. Don Gerardo lo expone mal, muy mal. No expone ninguna de las maravillosas implicaciones simbólicas de esa frase. Ni tampoco se sirve del texto paralelo: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que os elegí yo a vosotros.» Texto en que el amor, metafóricamente, alcanza la más pura, alta y generosa expresión de Sí que ha conocido el hombre. Definitivamente escuchar este sermoncillo dominical de don Gerardo no merece la pena. Pero el caso -lo único esencial y que hace al caso- es que se trata de un sermón sobre el amor, cosa que nos preocupa a todos y tanto a la Matilde como a don Gerardo, como al lector, como a mí. No se sabe por qué ese día la iglesia parece más de bote en bote que nunca. Y la Matilde más visible y más comulgante que nunca. Y sus primas del pueblo, que han venido a pasar el domingo con ella. O varios del pueblo de Matilde, también ricos de pueblo. Y la madre de la Matilde, la del supermercado del futuro. Sumidos todos en oración, en éxtasis o en odio. (O sencillamente sumidos en el torpor mortal del mal pensar y el ser falso.)
Termina la misa. Y vuelve a casa don Gerardo. Nada sucede. Abajo almuerzan todos los Matildes, ruidosamente, con la tele puesta. La madre de don Gerardo, en el piso de arriba, ese día habla un poquito.
– Gerardo, tuve carta de Teresina (Teresina es la hermana de la madre de don Gerardo) y me dicen que están bien.
– Le das recuerdos de mi parte cuando escribas.
Don Gerardo se detiene mucho esa mañana en todo. Tarda mucho en todo. Tarda tanto que parece que ha perdido la fuerza. Y la ha perdido. La está perdiendo a cántaros y a chorros, porque le ocupa Dios. ¿Pero cómo le ocupa Dios? ¿Y qué Dios es ese? ¿Es ese el mismo Dios en cuya memoria dice don Gerardo todas las mañanas: Este es mi Cuerpo y mi Sangre? Porque quizá hay dos dioses. Ahora hablando en serio: hay millares de dioses y no porque cada hombre tenga el suyo -eso sería una idea repulsivamente barata y fácil de pensar-, sino porque Dios es Ser y ser es -si se es- a miles, millones y billones. ¿Me estoy equivocando? No, no me estoy equivocando. Yo sólo me equivoco cuando me da la gana. (Mejorando lo presente y con perdón de los presentes.)
Oh Dios, perdóname -piensa don Gerardo toda esta mañana-, porque aunque no he querido ser como Tú, he querido ser digno de Ti. Y no he sabido. Ahora una indecible corriente me embaraza, que no es amor por Ti, ni es amor tuyo, pero que Tú entiendes, porque Tú eres Dios y entiendes la grandeza del hombre hecho a Tu imagen.
Don Gerardo vuelve una vez más al pinar esa tarde. La luz dormia en las orillas de la hierba brumosa como todos los niños que coleccionaban conchas y se alegrarán de sus inmerecidos premios.