Somoza Jose Carlos (ES) — Zigzag

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Zigzag
Количество страниц: 108
Язык книги: Испанский
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Zigzag краткое содержание

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“Muchos matarian por ver el futuro. Otros moriran por ver el pasado”.Quienes conocen a Elisa Robledo, joven y brillante profesora de fisica teorica, presienten que algo extrano se oculta tras esa mujer atractiva y aparentemente segura de si misma. Aunque quiza sea mas correcto decir que nadie conoce a Elisa Robledo. Y es que guarda un secreto sobre unos experimentos ocurridos diez anos atras, cuando colaboro con su idealizado y prestigioso profesor Blanes y un selecto grupo de cientificos en el desarrollo de la llamada “teoria de cuerdas”, mediante la cual seria posible, partiendo de una imagen actual de cualquier lugar geografico y procesandola por medio de un acelerador de particulas, obtener otra imagen de ese emplazamiento en un tiempo pasado, ya sea reciente o remoto. Asi, uno podria ser testigo en pleno siglo XXI del Jerusalen de tiempos de Cristo o de cuando los dinosaurios poblaban la tierra.Pero algo no salio bien, y el experimento se zanjo con terribles resultados para los participantes en el mismo. Las consecuencias de esos experimentos no deja indemnes a las personas que “ven” esas secuencias, se producen unos extranos fenomenos que llaman “desdoblamientos”, consecuencia del entrelazamiento entre el pasado reciente el presente. De esa realidad, aparentemente inofensiva, surge lo terrorificamente inesperado, porque cada fraccion de segundo somos alguien “distinto”.Diez anos despues, y tras la noticia de un horrible crimen, Elisa se da cuenta de que ha llegado el momento de huir si quiere salvar su vida. La victima era uno de sus companeros en los experimentos. Y solo es el principio…Somoza utiliza sus conocimientos como psiquiatra para elaborar este thriller cientifico, centrado en experimentos fisicos y protagonizado por fisicos, donde el asesino no corresponde a un cuerpo o forma definida; sabemos del peligro que acecha a los personajes de la novela, pero no a ciencia cierta si se trata de algo real, si es producto de la imaginacion o si solo se aparece en suenos o en esas “desconexiones” que sufren los protagonistas. En palabras del propio Somoza, “no hace falta buscar fantasmas ni cuestiones sobrenaturales, creo que la fisica, adentrarse en el conocimiento que poseen los fisicos hoy en dia, es un caldo de cultivo muy bueno para cualquier escritor”. Asi, el autor ha entrevistado y trabajado con profesionales del CSIC y profesores de fisica de las Universidades Autonoma y Complutense de Madrid para entender la fisica y hacernosla entender a los lectores, de manera que algo tan complejo y tan oscuro para la mayoria de nosotros llegue a ofrecernos una respuesta logica y una solucion inteligible a los problemas que se plantean en la novela. Realmente, es arriesgado elegir la fisica como eje principal y motivo de desarrollo en la construccion de una novela de intriga; Somoza juega con la posible verosimilitud cientifica para crear una atmosfera inquietante, desasosegadora, que crea un universo extrano que es parabola de la naturaleza humana.Como decia Montaigne, citado por Somoza, “se bien de que huyo, pero ignoro lo que busco”. Y el lector piensa, ante tanta oscuridad que nos estampa el ser humano y sus acciones, en su ansia de dominar el universo, en la luz de esas estrellas que tarda millones de anos en llegar a la Tierra.

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Lloró largo rato, encorvada, con el teléfono en la mano. Tras desahogarse, se levantó y miró su reloj: disponía de algún tiempo antes de la reunión. Haría un poco de ejercicio, se ducharía, comería algo… Y entonces afrontaría la difícil decisión de seguir sola o buscar ayuda. Había pensado en recurrir a alguien, alguien de fuera, una persona que lo ignorara todo y a quien ella pudiera contarle las cosas ordenadamente, una opinión más neutral. Pero ¿quién?

Víctor. Sí, él quizá.

Sin embargo, resultaba arriesgado. Y debía resolver un grave problema añadido: ¿cómo iba a decirle que necesitaba su ayuda urgentemente? ¿De qué manera lograría hacérselo saber?

Ante todo, tenía que tranquilizarse y reflexionar. La inteligencia había sido siempre su mejor arma. De sobra sabía que la inteligencia humana era más peligrosa que el cuchillo que sostenía.

Pensó que, al menos, ya había recibido la llamada que había estado aguardando desde aquella mañana, la que decidiría su destino a partir de entonces.

Casi no había reconocido la voz, debido a lo temblorosa y vacilante que había sonado, como si su interlocutor se hallara tan aterrorizado como ella misma. Pero no le cabía duda alguna de que se trataba de la llamada, porque la única palabra que el hombre había pronunciado había sido la que ella ya esperaba:

– Zigzag.

3

La pregunta trascendental que Víctor Lopera se hacía en aquel momento era si sus aralias aeropónicas formaban o no parte de la naturaleza. A primera vista así era, ya que se trataba de criaturas vivas, verdaderas dizygotheca elegantissima que respiraban y absorbían luz y nutrientes. Pero, por otro lado, la naturaleza nunca habría podido reproducirlas con exactitud. Llevaban la firma de la mano del hombre, y eran hijas de la tecnología. Víctor las mantenía enterradas en plástico transparente para observar los asombrosos fractales de las raíces, y controlaba su temperatura, pH y crecimiento con instrumentos electrónicos. Para impedir que se desarrollaran hasta cerca del metro y medio que solían alcanzar, usaba fertilizantes específicos. Por todo ello, aquellas cuatro aralias de hojas en color bronce casi plateado y altura no superior a los quince centímetros eran, en gran medida, creaciones suyas. Sin él, y sin la ciencia moderna, jamás hubiesen existido. De modo que la pregunta sobre si formaban parte de la naturaleza parecía pertinente.

Concluyó que sí. Con todas las reservas que se quiera, pero, categóricamente, sí. Para Víctor, la cuestión abarcaba límites más amplios que el mundo vegetal. Responder a aquella pregunta implicaba declarar nuestra fe o escepticismo en la tecnología y el progreso. Él era de los que apostaban por la ciencia. Creía firmemente que la ciencia era otra forma de naturaleza, e incluso una manera nueva de ver la religión, al estilo Teilhard de Chardin. Su optimismo vital había comenzado en su infancia, al comprobar que su padre, que era cirujano, podía modificar la vida y corregir sus errores.

Con todo, aunque admiraba aquella cualidad paterna, no había optado por una carrera «biológica», a diferencia de su hermano, también cirujano, o su hermana, que era veterinaria, sino por la física teórica. Consideraba los trabajos de sus hermanos como demasiado agitados, mientras que él amaba la paz. Al principio incluso había querido dedicarse al ajedrez profesional, porque sus capacidades para las matemáticas y la lógica eran notables, pero pronto había descubierto que competir también era agitado. No es que le gustara no hacer nada: ansiaba la paz exterior para poder declarar la guerra mental a los enigmas, hacerse preguntas como aquélla o entregarse a la resolución de complicados acertijos.

Rellenó uno de los aspersores con la nueva mezcla fertilizante que iba a probar exclusivamente en Aralia A. Las había dividido mediante compartimientos estancos para experimentar con cada una de modo individual. Al principio había jugado con la idea de llamarlas de alguna forma más poética, pero terminó optando por las primeras cuatro letras del alfabeto,-.

– ¿Por qué pones esa cara? -le susurró cariñosamente a la planta mientras cerraba la tapa del aspersor-. ¿No te fías de lo que hago? Deberías aprender de C, que se toma tan bien todos los cambios… Hay que aprender a cambiar, chiquita. Ojalá tú y yo aprendiéramos de la compañera C.

Se quedó un instante pensando por qué acababa de decir aquella tontería. Últimamente le daba por manifestar más melancolía que de costumbre, como si necesitara, él también, un nuevo fertilizante. Pero, qué caramba, eso era psicología barata. Se consideraba un hombre feliz. Le gustaba dar clases, y disponía de mucho tiempo libre para leer, cuidar sus plantas y resolver jeroglíficos. Tenía la mejor familia del mundo, y sus padres, aunque mayores y jubilados, gozaban de buena salud. Ejercía de tío ejemplar con sus dos sobrinos, los hijos de su hermano, que lo adoraban. ¿Quién podía presumir de disfrutar de tranquilidad y cariño a partes iguales?

Estaba solo, cierto. Pero tal circunstancia se debía, ni más ni menos, a su propia voluntad. Era dueño de su destino. ¿Por qué amargarse la vida apresurándose a vivir con una mujer que no pudiera hacerle feliz? A sus treinta y cuatro años aún era joven y no había perdido el optimismo. La vida era cuestión de esperar: una aralia no se desarrollaba en dos minutos, y un amor tampoco. El azar era quien mejor disponía esas cosas. Un buen día conocería a alguien, o alguien conocido le llamaría…

– Y, chas, creceré como C -dijo en voz alta, y se rió.

En ese instante sonó el teléfono.

Mientras se dirigía a la estantería de su pequeño comedor para contestar, hacía cábalas sobre la llamada. A esas horas de la noche lo más probable era que fuese su hermano, que desde hacía unos meses le daba la lata para que revisara las cuentas de la clínica quirúrgica privada que dirigía. «Tú que eres el genio familiar de las matemáticas, ¿qué trabajo te cuesta echarme una mano?…» Luis «Lo-opera» (la vieja broma familiar de pronunciar el apellido de los cirujanos Lopera) no se fiaba de los ordenadores y quería que Víctor diese el visto bueno. Víctor estaba harto de decirle que las matemáticas tenían sus especialidades, como la cirugía: alguien que extirpaba glándulas no podía ponerse a trasplantar corazones. Del mismo modo, él solo practicaba las matemáticas de las partículas elementales, no el cálculo de la lista de la compra. Pero si algo necesitaba su hermano que le extirpasen era la glándula de la testarudez.

Pescó el auricular entre un mar de retratos enmarcados: de sus sobrinos, de su hermana, de sus padres, de Teilhard de Chardin, del abad y científico Georges Lemaître, de Einstein. Dijo: «¿Sí?» tras reprimir un bostezo.

– ¿Víctor? Soy Elisa.

Todo el aburrimiento que sentía se hizo trizas como si hubiese sido de cristal. O como si se tratase de un sueño al despertar.

– Hola… -La mente de Víctor iba a todo gas-. ¿Cómo te encuentras?

– Mejor, gracias… Al principio pensé que era una alergia, pero ahora creo que se trata de un simple resfriado…

– Caramba… me alegro. ¿Lograste ver la noticia?

– ¿Qué noticia?

– Lo de la muerte de Marini.

– Ah, sí, pobre hombre -se lamentó ella.

– Creo que coincidiste con él en Zurich, ¿verdad? -comenzó a decir Víctor, pero las palabras de Elisa pasaron por encima de las suyas, como si tuviese prisa por llegar al meollo de la cuestión.

– Sí. Oye, Víctor, te llamaba… -Se oyó una risita-. Seguro que vas a pensar que es una chorrada… Pero para mí es muy importante. Muy importante. ¿Comprendes?

– Sí.

Frunció el ceño y se puso tenso. La voz de Elisa denotaba total alegría y despreocupación. Y eso era justo lo que alarmaba a Víctor, porque él creía conocerla, y jamás la voz de Elisa le había sonado así.

– Verás, se trata de mi vecina… Tiene un hijo adolescente, un chaval muy majo… De repente ha descubierto que le encantan los jeroglíficos y se ha comprado libros, revistas… Yo le he dicho que conozco al experto número uno en ese campo. El caso es que ahora está intentando resolver uno en concreto y no lo logra. Se ha puesto muy nervioso y la madre teme que abandone esta sana afición y se dedique a cosas menos saludables. Cuando me lo comentó, caí en la cuenta de que yo ya conocía ese jeroglífico, porque un día me hablaste de él, pero he olvidado la solución. Y me he dicho: «Necesito ayuda. Y solo Víctor es capaz de ayudarme». ¿Comprendes?

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