Matute Ana Maria (ES) — Aranmanoth

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Aranmanoth
Автор: Matute Ana Maria (ES)
Количество страниц: 28
Язык книги: Испанский
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Aranmanoth краткое содержание

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Completando una especie de triptico ?involuntario? junto con La torre vigia (1971, disponible en la actualidad en Lumen) y la magistral e incomprendida en el fandom Olvidado rey Gudu (1997, Espasa), esta Aranmanoth es, mas que una novela, una suerte de cuento largo, en el sentido en que a Matute le encantaria que hablasemos de lo que es un cuento. Asumiendo todas las coordenadas del cuento de hadas (la maldicion nacida de lo prohibido, la fuga y la persecucion, la presencia de la infancia incomprendida, la busqueda del amor imposible, la aparicion de seres de leyenda y los hijos habidos entre estos y los hombres, la guerra y la crueldad, el paisaje indomito y la ambientacion de epoca medieval), Matute nos cuenta la historia de Aranmanoth, hijo natural del Senor de Lines y de un hada del agua, que recibe un encargo que contiene la semilla de la perdida de su inocencia: proteger y custodiar a la mujer de su padre, una nina como el. Entre ellos fragua una amistad, camaraderia mas bien, que no es sino el trasunto de todos los cuentos que en el mundo han sido: el cambio, la perdida de referentes para una infancia atrapada en un mundo adulto -violento y corruptor- que no esta hecho a su medida y al cual acabaran enfrentandose tarde o temprano.Y de ahi deriva la hermosura de este cuento. Orso, senor de Lines, pierde la inocencia conforme se va haciendo adulto y participa en las campanas belicas del Conde al cual debe vasallaje, en un proceso de envilecimiento que incluso se traduce en la perdida de sus agraciadas facciones. La madre de Aranmanoth, la mas joven de las hadas del bosque, cae en desgracia ante su especie por culpa de los amores prohibidos con un ser humano. Windumanoth, Mes de las Vendimias, ha perdido el Sur, la cualidad que la distinguia de los rudos moradores de su nuevo hogar, y se encuentra sola en el mundo, sin otra compania que Aranmanoth, Mes de las Espigas, que no es ni humano ni otra cosa, pero a quien la edad y el devenir inexorable de los acontecimientos obligan a acercarse a su condicion menos favorecedora: la de ser humano. Aranmanoth y Windumanoth huyen del mundo adulto y frio buscando el Sur, el mitico Sur que simboliza la infancia perdida y el calor y el sol. En el camino perderan las ilusiones y adquiriran el conocimiento de un hecho: el Sur es una condicion, no un lugar. Un paisaje interior inmune al externo.Amarga y hermosa, Aranmanoth pudiera parecer un inocente cuentito en comparacion con la mas ambiciosa Olvidado rey Gudu o la decididamente pretenciosa La torre vigia, pero no hace sino plasmar con mas crudeza que en ninguna de las obras de Ana Maria Matute el eterno conflicto entre los deseos y la realidad, entre la voluntad y la renuncia. Obra menor si se quiere, pero no por ello menos recomendable, nos devuelve el placer por la lectura de los cuentos infantiles y al mismo tiempo se erige en uno de los libros fantasticos espanoles mas bonitos de los ultimos anos. Plenamente recomendable.

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Esta última palabra surgió de sus labios sin que apenas se diese cuenta, y adquirió una fuerza insospechada.

– Bien… Bien -dijo Liliana lentamente-. Veremos…

Windumanoth no comprendió lo que quiso decir con aquellas palabras. La inquietud regresó, y también la sospecha -casi una certeza- de que su hermana había dejado de ser, para siempre, la que ella recordaba.

– ¿Adónde os dirigís? -preguntó Liliana. Pero en su voz no había curiosidad. A Windumanoth le pareció más una amenaza, y dudó al contestar:

– Vamos hacia el Sur -dijo suavemente, intentando disimular el temor que las palabras de su hermana le causaban.

– ¿El Sur? Pero niña, ¿de qué estás hablando? -exclamó Liliana a la vez que soltaba una carcajada que resultó amarga y llena de decepción-. Querida niña, el Sur quedó atrás, ya no vivimos allí… Esto no es el Sur. Regresa allí donde te llevaron, y olvídate de esa ilusión.

Windumanoth contempló el rostro de Liliana y le pareció que era la primera vez que lo veía. Era un rostro espeso, quizá bello. Pero la hermosura que se intuía en aquellos rasgos era la belleza que deja el recuerdo. Únicamente conservaba el fugaz resplandor de su sonrisa, y Windumanoth pensó que acaso aquella sonrisa sería lo único que podría salvarla del paso del tiempo.

Fue en busca de Aranmanoth, y le dijo:

– Nos hemos equivocado; esto no es el Sur. Lo han perdido, vámonos de aquí…

Y, como si hubieran cometido un delito, huyeron al caer la noche.

Avanzaban o, quizá, retrocedían. Ellos no lo sabían, ni se daban cuenta de que, a menudo, se encontraban en el mismo lugar por el que días antes habían pasado.

El caballo desfallecía y, con su paso lento y fatigado, les pedía unas horas de descanso bajo la sombra de algún árbol. Ellos le acariciaban y decidían pasar la noche en el interior de algún bosque, bajo las hayas, o en alguna choza habitada por campesinos que tenían a bien acogerles.

Y fueran donde fueran, ellos siempre preguntaban por el camino que conducía al Sur.

Una noche, un anciano pastor que les dio cobijo les dijo:

– ¿De qué Sur habláis? Hay muchos lugares llamados así. Todo depende del lugar donde uno se encuentre.

Pero ellos no desistieron en su búsqueda y continuaron su camino.

Windumanoth seguía recordando, o imaginando, el Sur, convencida de que pronto lo encontrarían:

– Aranmanoth, no debemos hacer caso de lo que la gente nos dice. Estamos cerca. Yo sé que estamos cerca…

Una calurosa mañana en la que las fuerzas parecían abandonarles, Windumanoth recordó a su hermana Sira.

– Mi padre decidió enviarla al monasterio de las Damas Grises -le contaba a Aranmanoth-. Sira era una muchacha extraña. No era bella, pero conocía historias verdaderamente hermosas. Solía pasarse las horas encerrada en su alcoba rodeada de libros. Decía que en ellos se hallaban todos los misterios del mundo, los más maravillosos, y también las respuestas a todas las preguntas. Supongo que por eso mi padre decidió recluirla en un monasterio.

Entonces, Windumanoth pensó que quizá Sira podría ayudarles a encontrar el Sur, y exclamó:

_¡Aranmanoth, vayamos en busca de mi hermana Sira!

Y así lo hicieron. Preguntaron a cuantos encontraron por el monasterio de las Damas Grises, y se sorprendieron al comprobar que Sira se había convertido en una mujer muy conocida en aquellas tierras. Era la abadesa del convento y tenía fama de ser una mujer sabia.

Se encontraban ya muy cerca del monasterio cuando Windumanoth comenzó a reconocer aquel paisaje. Las suaves colinas y los viñedos con que de vez en cuando se tropezaban trajeron a su memoria el aroma y el viento cálido de sus primeros años. Vieron un molino a lo lejos, y gentes que labraban la tierra y que levantaban la cabeza al verlos pasar, extrañados y maravillados ante la belleza de aquellos dos jóvenes. Sus ropas, aunque deterioradas, despertaban en quienes las veían curiosidad y un cierto recelo, y quizá por eso no dejaban de mirarles hasta que los muchachos se perdían más allá de donde alcanzaban sus ojos. «¿Quiénes serán?», se preguntaban. «Deben de venir desde muy lejos», decían mientras buscaban en el horizonte la respuesta a sus preguntas y sospechas. Sólo encontraban los rayos del sol cegándoles y obligándoles a agachar la cabeza.

Cuando llegaron al monasterio, descubrieron lo difícil que es acceder y acercarse a las personas que tienen poder. Windumanoth se presentó como la hermana pequeña de la abadesa, y Aranmanoth como su caballero, pero tuvieron que esperar durante varias horas antes de que Sira les recibiera.

Al fin, la abadesa ordenó pasar a Windumanoth. La esperaba con los brazos abiertos, como hiciera también Liliana, pero inmediatamente Windumanoth se dio cuenta de que tampoco ahora encontraba el cariño y la ternura que ella recordaba. De todos modos eran unos brazos abiertos y fue hacia ellos empujada por un deseo de cobijo y, quizá, de comprensión.

– Hermana -murmuró-, vengo a ti en busca…

Y se interrumpió inesperadamente porque de pronto la palabra «Sur» le parecía una palabra prohibida, proscrita, como si no fuera posible pronunciarla sin sentirse culpable y humillada.

– Sea lo que sea lo que andas buscando, yo te ayudaré a encontrarlo -dijo firmemente la abadesa.

Windumanoth supo entonces que aquella mujer fuerte y segura que le hablaba no se parecía en nada a su hermana Sira. Ella la recordaba saliendo de su alcoba con los ojos encendidos tras la lectura de algún libro antiguo y misterioso. Sin embargo ya no era la joven que la aleccionaba y aconsejaba cuando Windumanoth. tenía miedo de la oscuridad, o quien le contaba interminables historias y le describía paisajes desconocidos en los que ocurrían las más increíbles aventuras. Era la abadesa quien hablaba, una mujer de pocas y firmes palabras, acostumbrada a mandar y a decidir, una mujer solitaria que había aprendido a protegerse de la ternura y el afecto guardándolos en algún lugar de sí misma hasta hacerlos desaparecer.

– Estamos buscando el Sur -dijo Windumanoth temerosa de la respuesta que comenzaba a intuir.

Entonces Sira miró a su hermana pequeña con tristeza y dijo:

– El Sur no existe.

Y Windumanoth sintió que el mundo se desplomaba sobre ella, o al menos la parte del mundo que verdaderamente le importaba, y sólo llegó a murmurar:

– ¿Por qué?

– Yo no lo sé. Lo único que puedo decirte es que eso que tú llamas el Sur no es una realidad. Y tampoco lo son tus sueños ni tus recuerdos. La vida, querida hermana, no es más que una trampa.

Windumanoth vio que una lágrima petrificada luchaba por escapar de los ojos de su hermana. Era una lágrima brillante, como de cristal, que debió de brotar de sus más escondidos sentimientos y que se deslizaba lentamente por una de sus mejillas.

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