Marse Juan (ES) — Teniente Bravo

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Teniente Bravo
Автор: Marse Juan (ES)
Количество страниц: 31
Язык книги: Испанский
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Teniente Bravo краткое содержание

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Una Barcelona que se eleva sordida e intrigante. El mitico cine Roxy, que en su tiempo alivio la miseria de posguerra con sus leyendas de celuloide. El mundo de este gran escritor desfila por estos relatos.En este libro Juan Marse reune tres historias magistrales. En «Historia de detectives», cuatro muchachos, encerrados en un Lincoln abollado y herrumbroso, dan alas a su fantasia. Mezclados con el humo azul de sus aromaticos cigarrillos de regaliz, los relatos de crimenes y viudas peligrosas llenan el interior del automovil. La critica mordaz, ironica, patetica y a menudo divertida de la bravura obcecada de un militar franquista en «Teniente Bravo» constituye uno de los hitos en la historia de la narracion breve de las letras hispanas. Y finalmente, en «El fantasma del Cine Roxy», los mitos del celuloide conviven con la realidad del presente, encarnada en un banco construido sobre las ruinas de un antiguo cine de barrio cuyos heroes se resisten a desaparecer.«Marse bucea en los fondos abisales de su inconsciente para sacar a flote experiencias lejanas que transforma en material literario.»MARIUS CAROL«Lo grande de un escritor como Marse es saber crear personajes con entidad.»FERNANDO TRUEBA.

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– Te aconsejo que los sueltes.

– Son artificiales, de plástico, como el clima austero y estático, de western enfangado, de tu historia. Por cierto, todo lo que escribes para el cine es artificioso y convencional.

– Hubo hace mucho tiempo un tipo de cine artificioso con grandes estrellas convencionales, que me gustó con locura. Pero esos claveles a los que ahora tú te agarras para no precipitarte al abismo, no son artificiales, no son de brillante plástico con duros alambres por dentro. Son de verdad, maestro, es decir: frágiles, enfermos, y se partirán en tus manos porque la atmósfera de la ciudad los ha podrido.

– Sigamos con la secuencia 23.

– Pero no te agarres al clavel español.

RAIKER: «¿Quién eres, forastero?»

SHANE: «Un amigo de los Starret.»

Corte a la papelería-librería de Susana cuando se abre la puerta y entran los tres Flechas de la Centuria de Fermín Palacios. Las mismas camisas azules, los mismos correajes negros, los mismos cabellos planchados y los mismos himnos idiotas y canciones ratoneras que se traen habitualmente de sus mítines y asambleas -pero sonando sólo en sus propios oídos sordos, en sus huecas cabezas-sonajero y en sus mentes taradas, es decir: banda sonora subjetiva españoleando castiza y cutre, estúpidamente patriotera, autojaleándose.

Cierran la puerta tras ellos y, sin mediar palabra, empiezan a revolver los libros de saldo de la mesa, a manosearlos, a hojearlos desdeñosamente y a tirarlos al suelo.

Susana con su hija en brazos retrocede unos pasos. La pandilla de chavales se apiña en un rincón.

FLECHA 1.°: (A Susana) «¿ Cuándo te vas a enterar,

bruja? Los libros en lengua vernácula están

prohibidos en todo el Imperio.»

FLECHA 2.°: «Si no te denunciamos es porque a mi tío

Fermín le das lástima, que conste. Roja.

Masona. ¿Quieres ir a la cárcel?»

FLECHA 3.°: «¡Fuera toda esa mierda intelectual!»

Su mano enguantada y torva, como una negra manopla, barre el contenido de un estante, la mesa del centro y el pequeño mostrador. Un lápiz rueda hasta los pies de Vargas sentado en la sombra, y al que los escuadristas azules no han prestado atención o todavía no han visto. Es un grueso lápiz que escribe por ambos extremos, las puntas muy afiladas, la una roja y la otra azul.

Vargas, con extraña parsimonia, se inclina a recoger el lápiz y lo cuelga en su oreja. Se queda mirando al Flecha 1.° entornando los ojos.

La pequeña Neus asustada se agarra al cuello de su madre mientras los libros rebotan malamente en el suelo, descosidos, inermes.

SUSANA: «¡Basta! No tenéis derecho a hacer eso. Los

compro a peso, no me fijo en el título ni en el

autor…»

FLECHA 3.°: «¿Ah no? ¿De veras? Pues entérate de la

basura que tienes escondida aquí, escucha:

(Leyendo la cubierta de los libros que va

tirando) Carner, Sagarra, Riba, Salvat,

Papasseit, Foix, Maragall, López-Picó…»

FLECHA 2.°: «Bueno, éste por lo menos es mitad

español: López.»

FLECHA 3.°: «Tienes razón, camarada.» Y devuelve el

libro al estante.

FLECHA 1.°: «¡Vamos a hacer un buen fuego con todos

estos bolcheviques del Ampurdàn!»

Patea los libros tirados al suelo y uno de ellos rueda desencuadernándose como un pájaro herido llega a los pies del vagabundo.

Vargas mira el libro sin tocarlo y habla en tono seco:

VARGAS: «Este libro es mío. Acabo de comprarlo.»

Permanece sentado en la escalera del altillo, en la penumbra, y los escuadristas lo miran como si acabaran de advertir su presencia.

FLECHA 1.°: «¿Y tú quién eres, perdulario?»

VARGAS: «Un amigo de los Estévet.»

(Nota importante: el charnego Vargas pronuncia mal el apellido -que conoce por haberlo leído en el rótulo sobre la puerta de la calle- cargando el acento en la penúltima sílaba en vez de hacerlo en la última. Así, al decir Estévet, casi le oímos decir Starret.)

Vargas se incorpora despacio.

FLECHA 2.°: «No te metas en eso y sigue tu camino.»

FLECHA 3.°: «Sí, será mejor que te largues, vagabundo.

No te busques líos.»

No le prestan más atención, pero Vargas sigue mirando fijamente al falangista 1.° y sus ojos brillan en la sombra delgados y fríos como el filo de la navaja. Y cuando vuelve a hablar, en su voz calmosa anida una ronquera abyecta, súbitamente despiadada:

VARGAS: «Tú, muchacho. Recoge mi libro y ponlo sobre

la mesa.»

El aludido lo mira con asombro, sonriendo por un lado de la boca:

FLECHA 1.°: «¿Habéis oído?

FLECHA 2.°: «¿Qué ha dicho este piojoso? Pídele la

documentación, Gonzalo.»

FLECHA 1.°: (Burlón, a Vargas) «¿Y para qué quieres tú

un libro, charnego asqueroso? ¿Acaso sabes

leer?»

VARGAS: (Avanzando dos pasos) «Cógelo, mamón. Que

eres un mamón y un hijo de perra.»

Con ademanes fulgurantes y a la vez suaves, apenas entrevistos por los niños, Vargas se ha quitado el lápiz rojo/azul de la oreja al tiempo que en su otra mano aparece súbitamente una navaja de tamaño regular, más bien pequeña. Sacándole punta al lápiz, se acerca cabizbajo y pensativo al Flecha primero, se para a un palmo de su cara y lo mira a los ojos.

Susana y la pandilla contemplan la escena expectantes y asustados.

Todo ocurre muy rápido. Las volutas del lápiz que hace saltar el filo de la navaja salpican una tras otra el pálido y crispado rostro del escuadrista azul, que al fin ha comprendido. Todavía intenta una salida airosa, irguiéndose, cuando ya sus camaradas retroceden hacia la puerta:

FLECHA 1.°: «Está bien, luego veremos su

documentación…»

VARGAS: (Tirándole volutas a la cara) «Luego no verás

nada, capullo. Tú no eres quién para pedirme la

documentación. Recoge el libro.»

Finalmente el joven Flecha obedece, se agacha, coge el libro y lo pone sobre la mesa. Da media vuelta, el rostro encendido y el gallardo pecho sembrado de volutas rojas y azules, se junta con sus camaradas y los tres salen de la papelería cerrando la puerta violentamente.

Fundido y encadenado.

Y esa misma noche, después de cerrar la tienda, explicó el guionista, mientras los chavales recogen los libros del suelo y ordenan los estantes y el escaparate ayudados por Vargas, Susana en camisón, el pelo suelto y un largo abrigo de su marido echado sobre los hombros, desciende la escalera del altillo -acaba de acostar a la niña- con un vaso de leche que ofrece sonriente al vagabundo.

Calló el escritor a sueldo, y el realizador parpadeó confuso:

– Y qué más.

– Nada más. Te basta con esa imagen. No se Puede expresar más con menos elementos. La Susana hogareña, nocturna y cálida con un vaso de leche en las manos. -Sonrió irónico, añadiendo-; Podrías tal vez iluminar la leche por dentro, a la manera de Hitchcock. El vagabundo debe percibir esa luz y el espectador también.

– Tal vez. Pero no veo la necesidad de expresar ningún calor de hogar en la escena, con esa nocturnidad que dices, ese camisón y esa leche.

– Cuando yo propongo una imagen -dijo el fatuo guionista, en tono algo despectivo-, esa imagen, si la ruedas, debe expresar exactamente lo que yo he decidido que exprese. Ni más ni menos.

– El asunto es -dijo el director incompetente y zafio- si a mí me interesa que esa imagen exprese esto o aquello o lo de más allá.

– El asunto es -replicó el escritor con la voz impertinente y meliflua de Humpty Dumpty- quién es el maestro aquí. Eso es todo.

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