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El cordero es una de las novelas tardias de Mauriac, publicada en el ano 1954, en la que su extraordinario arte de escritor parece haber alcanzado su maxima madurez. En uno de esos sofocantes ambientes provincianos que sirven de indeciso campo de batalla entre el Bien y el Mal, escenarios predilectos de su narrativa, Mauriac presenta aqui un joven matrimonio en discordia, en cuya vida van a mezclarse otros personajes no menos torturados que ellos. El tema del odio que no acaba de manifestarse, quiza como una cara oculta y paradojica del amor, el tema del sacrificio, del que se ofrece como victima expiatoria de los demas, la perdida de la fe, que tambien se disimula para evitar un escandalo publico, y el fariseismo imperante en esa digna burguesia bordelesa, componen un dramatico cuadro que se impregna de sentido religioso, pero que evita siempre toda abstraccion y todo intento de apologetica. Mauriac, sutil analista de las almas mas sombrias y mas turbias, se nos revela una vez mas como un incomparable maestro de ese tipo de relatos que le dieron fama universal.
El Cordero - читать книгу онлайн бесплатно, автор Mauriac Francois (ES)
Lo miró de golpe a los ojos: -¡ Nunca he sido de nadie, sabe! No soy de nadie…
La interrumpió con violencia:
– ¡ Está loca! Como si hubiera podido creer esa horrible cosa.
– ¿Por qué horrible?
– Horrible para mí.
Ella sonrió. Acariciaba la almohada con ademán distraído. Tenía las piernas cruzadas. Agitaba un pie un poco grande, calzado con una sandalia azul. Dijo:
– Después de todo, usted es un muchacho como cualquier otro. Él murmuró:
– Por supuesto -y enrojeció hasta las orejas.
Nunca ante una chica había sentido tal desborde de alegría.
Un muchacho como cualquier otro. "¿Y si fuera por ella por lo que estoy aquí, Dios mío?" ¿Si por ella había caminado hasta aquel cuarto? Hacia la dicha, hacia esa dicha. Preguntó de pronto:
– ¿Cómo se llama?
– Dominique. Soy profesora en la escuela de la parroquia Saint Paul de Burdeos. Es una colocación que le debo a la señora de Pian. No tengo más que un hermano menor que está a mi cargo. Entonces, comprende…
Él repitió:
– Dominique.
Ella le dijo en voz baja:
– Venga a sentarse a mi lado. ¿De qué tiene miedo? Dijo:
– No tengo miedo -y avanzó con paso tímido.
La muchacha lo miraba sin osadía. La boca, encantadora, entreabierta, dejaba ver unos dientes que hubieran podido ser todavía dientes de leche. Ella respiraba agitadamente. No, no estaba mal. "No, Dios mío, no está mal. He merecido este descanso, este consuelo que les toca a todos los hombres, a los más desprovistos, a los más pobres." Se acercaba a ella, que había apartado los ojos para no intimidarlo y esperaba inmóvil, transformada en estatua, como si al menor movimiento de pestañas corriera el riesgo de espantar al machito. Él dio un paso más.
Entonces se oyeron murmullos en la escalera. Jean de Mirbel entró sin golpear y dejó la puerta abierta. Xavier entrevio a Michéle, que permanecía en el umbral a oscuras.
Mirbel interpeló a Dominique:
– ¿ Por qué está usted aquí?
– Había venido a hacer la cama…, estábamos conversando -agregó. Se dirigió a Xavier:
– Hay dos toallas sobre la silla. Antes de salir se volvió y le sonrió:
– Hasta mañana.
Mirbel dio algunos pasos por el cuarto. Luego dijo:
– ¿Estaba aquí desde hace tiempo? ¿Te habló de mí? Vamos, confiesa, te habló de mí.
Michéle entró y tomó a su marido del brazo.
– Deja dormir a tu amigo. Mañana por la mañana hablaremos él y yo. Xavier protestó, con sequedad:
– Pero, señora, no tenemos nada más que decirnos. Su marido está de vuelta, por lo tanto puedo irme. ¿Hay un tren por la mañana?
– No volverás a empezar -dijo Mirbel.
– ¿Verdaderamente quiere irse? -preguntó Michéle-. Entonces, ¿por qué lo siguió?
Jean de Mirbel le sopló casi al oído:
– No le contestes.
– Lo traje de vuelta -dijo Xavier-. Ya no tengo nada que hacer aquí.
Michéle detuvo un instante sobre él una mirada atenta.
– Mañana nos explicaremos. Luego se irá o se quedará. Por lo menos, todo será claro entre nosotros.
Le tendió la mano.
– Dejémoslo dormir -le dijo a su marido.
Mirbel la siguió, luego entreabrió de nuevo la puerta y dijo a media voz:
– Era seguro, le gustas. ¿Y tú cómo la encuentras?
Como Xavier callaba, continuó diciendo en voz baja:
– Si te gusta te la doy. -Y agregó en seguida-: Estoy bromeando.
Y volvió a cerrar la puerta.
Era el momento en que Dominique entraba en el cuarto de Brigitte contiguo al suyo. La vieja acababa de llamarla. En el fondo de la alcoba velaba, sentada. El crespón ya no le sostenía las pocas serpientes blancas y amarillentas de la cabeza. La boca, hasta el día siguiente, estaría vacía. Pero liberado de los vidrios negros el gran rostro surcado había recobrado una expresión humana.
– Ha estado ausente mucho tiempo, hija mía.
– Tuve que ir al cuarto de Octavie a buscar la llave del armario de ropa blanca.
– ¿Conversó con ese muchacho? ¿Qué impresión le hace?
La joven vaciló. Sonrió en el vacío:
– Tal vez como esperaba lo peor, me pareció, en fin…, parece un hombre de veras, después de todo -agregó ruborizándose.
– ¡ Ah, picara! ¡ Ah, bandida! -rugió Brigitte Pian con una especie de ternura-. Vaya a dormir y no sueñe demasiado con ese hombre, que es un hombre de veras.
– Yo sólo dije que lo parecía -protestó Dominique-. No impide que lo haya sorprendido…
– ¿Cómo lo sorprendió?
Dominique se mordió el labio inferior.
– No, no hacía nada extraordinario: rezaba a los pies de la cama. Sencillamente.
– ¡No faltaba más que no lo hiciera! Imítelo en ese punto, mi hijita. Se lo repito: no es necesario tener fe para rezar. Hay que rezar para tener fe. ¿Me quedan pastillas de goma? ¿Quedan dos? Es bastante. Déme mi rosario, que está sobre la cómoda. No, no apague.
Se quedó sola. El corazón le latía demasiado de prisa. Hacía setenta y ocho años que latía. El rosario que miraba en el hueco de su palma no tardaría en encadenarle las dos manos, heladas y juntas para siempre. Observó las enormes venas. Las ocultó bajo las sábanas.
III
– ¡Vas ha tener un espléndido desayuno!
Xavier despertó sobresaltado y vio a Mirbel, en pijama, esforzándose por abrir las cortinas.
– ¡Malditas cortinas! Paciencia, rompo los cordones.
Abrió los postigos. Entró un olor a bruma. Dijo que sería un lindo día, que esa bruma era el buen tiempo. Se sentó al pie de la cama, con aire feliz.
– ¡Ah, este Xavier! No necesitaste mucho tiempo: están todas alrededor de la bandeja de tu desayuno. La vieja Pian no quería darte dulce. ¡ Si hubieras oído protestar a Michéle y a la secretaria! Transigieron: no tendrás jalea de grosella, sino de ciruela, que hace dos años se está enmoheciendo. La secretaria se ofreció para traerte la bandeja, pero a la vieja Pian le pareció que no era correcto. ¿Sabes lo que dijo? Dijo: "No me preguntó a qué hora era la misa. ¡Ahí lo esperaba!" A lo que la secretaria contestó que sólo los jueves había misa. Pero la vieja replicó que no podías saberlo, y que no te habías inquietado, y no te otorgó circunstancias atenuantes. En fin, todo eso prueba que se interesan por ti, que te ha bastado aparecer. Yo estaba seguro, pero no creía sin embargo que las tendrías en un puño tan pronto.
Michéle, que anoche se desató mientras dábamos la vuelta al parque -no te repetiré todo lo que insinuó contra nosotros dos…- bueno, ya está aplacada. Puedes mucho, ¿sabes?
Su hermosa mirada se había velado de nuevo. Con un movimiento de cabeza de colegial apartó el mechón rojizo; estaba tranquilo y hablaba sin fiebre.
– Sí, ella también te necesita… ¿En qué piensas?
– Pensaba en ese chico -dijo Xavier-, en Roland..
– ¡Ah, no!, ¡no te preocupe ese chiquilín atroz!
Mirbel agregó, tratando de dominarse:
– Si no te lo mencioné es porque no creí encontrarlo aquí. Michéle es muy novelera: hace seis meses necesitaba, costare lo que costare, un chico en la casa; si yo la hubiera dejado, habríamos adoptado éste sin esperar más. Hoy está muy contenta de que me haya resistido… Volveremos a llevarlo al sitio de donde lo sacamos.
– Es imposible -dijo Xavier.
– ¿Por qué te interesas por él? Hay millares de chicos como éste y ni siquiera piensas en ellos.
– Es éste el que se encuentra en mi camino, éste y no otro.
Jean tomó a Xavier por el pelo y le sacudió la cabeza, tratando de reír:
– Por mí viniste a Larjuzon, Xavier, no lo olvides. Sólo por mí. Tu presencia aquí es un asunto que nos pertenece a nosotros dos exclusivamente.
Aguardó. Xavier permanecía con la cabeza como muerta echada sobre la almohada. Mirbel insistió:
– Por supuesto, tendrás que fingir con las mujeres, con las tres mujeres. Habrás podido darte cuenta anoche de que la vieja adora a Dominique. Es hasta increíble si se piensa en su naturaleza de hierro, en la dureza de toda su vida. Y tiene casi ochenta años.